Primer madrugón del viaje. Primera salida de la romería de Dubrovnik. Escapada al parque natural de la isla de Mljet.
Para poder ir desde Dubrovnik a Mljet hay un ferry todas las mañanas en el puerto nuevo a las 9h30. Se llega en autobús desde la parte vieja y uno tiene que estar una hora antes para asegurar su sitio. Aunque esta vez con haber llegado 5 minutos antes hubiese valido, porque a la señora que vendía los billetes, vaya elementa, se le había perdido la llave de la taquilla. Una vez que la abrió, la lista de ella nos dio dos billetes de vuelta de Mljet a Dubrovnik. ¡Muy bien!. Tras la lógica reclamación, tomamos sitio en el ferry de asientos mullidos y acogedores, y ale, a disfrutar de las dos horas de viaje hasta la isla (por cierto, en croata isla se dice «Otok»).
El problema de estos barcos rápidos es que uno no tiene muchas vistas de lo que va recorriendo. Por un lado los cristales del barco tenían más mierda que el palo de un gallinero, y por otro, saliendo a la parte trasera sólo permitía ver por los laterales, con un fuerte olor a humo y gasolina. Había una escalera que subía a la parte de los pilotos, en la que uno podía encaramarse y ver algo, pero dos culos enormes de dos señoras también enormes ocupaban todo el espacio. Y las tías no se movieron ni un centímetro en todo el recorrido. Nada, a sentarse un poco, ponerse musiquilla, actualizar el Twitter y relajarse un poco.
Nos fuimos dando cuenta según avanzaba el viaje de que no habíamos desayunado nada más que un cafetillo de polvos pinos en donde My Darling, asi que antes de desfallecer, que somos unos chicos muy débiles, en cuanto llegamos a PolaÄe, en la isla, atacamos la primera cafetería que vimos. Un par de tortillas con sendos cafés y botellitas de agua para cargar energía.
Allí es donde tuvimos el primer contacto con los escarabajos asesinos de la isla. Bueno, asesinos no eran, no hacían nada, pero eran gordos, verdes, volaban, hacían ruido, te perseguían y se metían en el pelo. En la foto podéis comprobar vosotros mismos el tamaño de dichos monstruos. Por cierto, Pablo, si me lees, tienes que enviarme «la secuencia fotográfica» de la huida del escarabajo. Estaré encantado de publicarla…
Para poder entrar en la zona del parque natural es necesario pagar entrada. Creo que de 90 Kunas por cabeza (unos 10-11 Euros). Ello da derecho a moverse por el parque, usar el bus-furgoneta que lleva al embarcadero y una vez allí coger el barco al monasterio Benedictino de Santa María que se encuentra en medio de uno de los dos (falsos) lagos salados. Nosotros, como somos más sobrados que nadie, optamos por hacer todo, salvo la parte del barco, andando. No es que sea ninguna burrada, pero hay que planificarse bien para que te dé tiempo a estar de vuelta para coger el ferry de vuelta a las 16h55.
Una vez en el embarcadero, cada hora hay una barca que nos acerca al monasterio. Un oasis en medio de tanta naturaleza, uno no puede evitar no pensar en los monjes que vivieron aquí, aislados de todo pero rodeados de tanta tranquilidad y tanta belleza.
Tras la vuelta a la islita, el baño en el (falso) lago era obligatorio. ¡Chof!, el agua en su punto. Y tras varias fotos de rigor, varios escarabajos que nos persiguieron y unos cuantos gritos de «qué bien se está aquí» conocimos a dos grupos de españoles. Por un lado a Dani y Cheli de Córdoba, dando una vuelta de dos semanas por Croacia para acabar en una boda en Hvar (ya llegaremos a Hvar, y veréis lo que es bueno) y por otro lado un grupete de Málaga, Luis, Loli, Encarni y Carmen, a los que nos encontraremos más adelante en el transcurso del viaje y de los que ya hablaré :-)
Otro bañito, un plato dálmata en la terraza del restaurante de la isla, vuelta en el barco y a la cumbre de la isla, a toda velocidad que teníamos el tiempo justo. 45 minutos cuesta arriba, con calor, humedad y con Pablo delante a toda castaña, hicieron que yo pareciese un fuelle viejo cuando llegamos a la cumbre. Eso sí, el espectáculo merecía muchísimo la pena. Aquí os dejo UNA PANORíMICA DE LA ISLA desde lo alto de la cumbre.
Llegamos justitos al ferry de vuelta a Dubrovnik. Dos horas ideales para descansar un poco. A la llegada a Dubrovnik vuelta a la habitación de My Darling, duchita, afeitado, L’Oreal para los rizos y a cenar algo al puerto. Allí coincidimos con la pareja de Córdoba para comentar un poco la jugada. Más tarde a una terracita a ver el final del República Checa-Turquía y a encontrarnos por casualidad con los malagueños para terminar la noche entre cervezas y risas.
Mañana toca coger coche. «Â¡Cuidado con ir a Split! ¡Que me ha dicho uno de Salamanca que son 7 horas!», palabras textuales de un Cacereño muy majete, pero muy exagerado. Mañana más.